Blog masónico de Ricardo E. Polo

martes, 16 de febrero de 2010

Los caminos de la LIbertad

Por Ricardo E. Polo De esta nota podrá decirse que sus personajes son mera ficción y que su contenido es tan solo imaginario. Pero la esencia está dada en aquella frase del Quijote que supo decir a su ladero: "Cosas vederes, Sancho, que no creyeres..." A poco de mirarnos en la Historia, sabremos que fueron muchos los años durante los cuales el hombre vivió en la esclavitud o el vasallaje. Cuando en estos tiempos se habla de aquellos y mencionamos con suficiencia el estado de libertad en el que nos sentimos inmersos, pen­samos que ya está todo dicho. Es más, ni siquiera tenemos dudas de vivir en libertad. Y si quisiéramos ahondar un poco más, diríamos que el estado de esclavitud nos parece una mera anécdota del pasado, que suele, entre muchas otras, relacionarse con el ejemplo de la guerra de se­cesión en los Estados Unidos. Por­que nos hicieron pensar que aquél fratricidio fue para lograr la manumisión de los esclavos. Los negros, por otra parte, como pretexto. (Cu­rioso tema ese del locutor de boxeo, que al referirse a los con­tendientes, define al negro como "el de color", cual si el blanco fuera in­coloro...) Como las cosas no fueron tan así y la guerra de secesión, como tan­tas otras, tuvo intereses contrapuestos que, paradójicamente, lo­graron la Unión, pueden quedar como enseñanza el hecho de que las guerras civiles, OH asombro, ter­minan por consolidar lo que antes de ellas era anarquía, corrupción, impunidad, desencuentro y abuso de algunos, por sobre los otros. Porque en esencia, la esclavitud y el vasallaje no ameritan ser tan solo un "estado de sumisión". También son esclavos quienes tie­nen dependencia del poder; de la opinión de las elites; de la manipu­lación de los medios; del manejo del capital espurio; de los merca­dos cuyo anonimato consentido se desregula con propósitos aviesos; de las partidocracias representati­vas que violan sus mandatos; de los servidores públicos que adquie­ren status de clase y se sirven del ciudadano; del Poder de la Justi­cia que incumple su majestad y se torna arbitraria; de la incapacidad de quienes gobiernan para elabo­rar objetivos políticos para su Na­ción (territorio en el que se nace) y para sus habitantes (todos los que allí habitan); los que se encuen­tran imposibilitados de decidir su futuro; los que no lo tienen o lo carecen por imperio de las deci­siones que las tiranías imponen. De tal manera que ser esclavo o en síntesis, vasallo, en las postrimerías del siglo XX, si bien no es algo que se practique todos los días, al menos adquiere status de probabilidad cuando se miran bien las cosas que ocurren en las cercanías. Un cálculo somero de la decaden­cia a la que pienso estamos asistiendo, no es obra tan solo de es­tos azarosos tiempos. Es más, interpreto que lleva, en concordancia a los síntomas, va­rias generaciones Aún cuando la de mi padre había logrado (merced a su anterior ge­neración, colmada de inmigrantes ácratas o anarquistas, republica­nos o socialistas, en síntesis, su­fridos europeos en busca de rom­per cadenas y prejuicios), alcanzar en el '45 la manija del poder y des­de allí proyectarse al progreso "para todos". Lo cierto es que las fuerzas emer­gentes del colonialismo, el caudillismo y las oligarquías poco afectas a la reivindicación de los derechos del hombre, primaron de múltiples maneras para impedir el libre tránsito por los caminos de la libertad. CRISOL DE RAZAS Las aventuras emprendidas en Ar­gentina desde los remotos tiempos de la consolidación política nacio­nal; la rara mezcla de filosofías, etnias, experiencias, intenciones e intereses a los que se ha denomi­nado en su conjunto: crisol de ra­zas, en realidad ha sido un melange que lenta, pero inexorable­mente, nos ha llevado a carecer de identidad nacional. Tan es así, que a diferencia de otras naciones, vecinas, cercanas o en las antípodas, la década de los '90 nos encuentra no solo desunidos en el orden interno, sino navegan­do en bote y mar ajenos. TRANSCULTURIZADOS Transculturizados a extremos inimaginables. Farandulizados al punto de trastocar todos los valores, perfectibles naturalmente, que caracterizaron a esta Nación y habiendo incorporado costumbres, léxico, tendencias, ética y moral, remedo del puritanismo (como definición naturalmente) sajón o galo. Sea desde el Papá Noel o el Santa Claus navideños, con nieve y pinos incorporados al tropicalismo de los paralelos autóctonos o el reciente HaIloween (Víspera de Todos los Santos -. Noche de Brujas en los EEUU) que seguramente intentará reemplazar los carnavales y los bailes de dis­fraz. Mascarada que en última instancia, será un permiso para la autocrítica feroz de nosotros mismos. Lo cierto es que poco a poco ve­mos reemplazadas tradiciones, costumbres, tendencias musicales, formas del lenguaje, terminologías y lo más importante, el concepto de familia que "siempre" lograba la ins­trucción, educación, formación y la Unidad de los argentinos. También se es esclavo cuando a través de la publicidad (las agen­cias publicitarias son, en su mayo­ría, extranjeras y muchas de las nuestras cautivas de las grandes corporaciones publicitarias) cuyos creativos mamaron el néctar nor­teamericano, británico y hasta (al menos no tan contaminante) euro­peo, de quienes recibimos mensa­jes y argumentos para formar opi­nión consumista. Fundamental­mente, cuando ese mensaje no está en consonancia a nuestra realidad económico-social. Uno piensa ¿a quién está dirigido el mensaje?, con tanto desocu­pado y excluido del sistema. Esa realidad nos cachetea cotidianamente. Pero los caminos de la libertad virtualmente pare­cen tan abiertos al incentivo indivi­dualista, que creemos a pie juntillas el poder alcanzar los beneficios del status de la economía de merca­do y la sociedad de consumo. O por un acto volitivo, o el simple es­fuerzo para alcanzar la meta. Al menos así parece, cuando vemos hasta en el gaucho de los arreos, manejar el "celular" para anoticiar al patrón sobre "el estado de las vacas" o al albañil sobre la loza del piso 20. Uno que ha leído tanta cosa y re­cuerda que Borges valorizaba más al que leía que al que escribía, no puede menos que abrir la boca (manera Argentina de anoticiar sor­presas o sobrellevar las carencias propias de los tontos) a pesar del cataclismo que sufrió el asombro. Sin embargo, el diagnóstico que surge de nuestra nota culmina cuando asume que su condición de ciudadano, se rige por los deva­neos de funcionarios no electos que pontifican y desprecian la opinión del pueblo. Grave, si no fuera por­que quienes deben representar­nos por imperio del sistema, no solo hacen lo mismo sino que al par del incumplimiento reiterado de sus plataformas y promesas electorales, subestiman la capacidad del ciudadano para entender la mag­nitud de sus ambiciones y desaciertos. Ciudadano no se es tan solo para el sufragio. El ciudadano es la base, el fundamento, la prioridad, el rneollo del sistema. Todos, ab­solutamente todos los integrantes de los Tres Poderes (Ejecutivo, Le­gislativo y Judicial) están subordi­nados al mandato del ciudadano, de los ciudadanos a quienes deben representar y servir y la Justicia, judiciar. Todos, sometidos al impe­rio de la Ley. Lo otro, lo demás, es vasallaje. Los caminos de la libertad son vastos y devienen del sufrimiento hu­mano a través de la historia. De las legendarias y permanentes luchas por librarse de las ataduras de otros hombres. Y de las peores, las del sistema, que se impone por sobre los Derechos y Garantías Constitucionales. Quienes no advierten que sembrando vientos cosecha­rán tempestades, no se han toma­do el trabajo de incursionar en los mensajes de la historia. Nada es tan permanente como la intención de los pocos a la injusticia. Nada es tan permanente como la resis­tencia del hombre a someterse a otros hombres. De allí que los caminos de la liber­tad son una advertencia. Transitemos entonces, aquellos que nos permitan recuperar los va­lores trastocados y que nos lleven, merced al esfuerzo y con identidad nacional, a recuperar la República en entredicho. Y hacer de ella una genuina democracia.

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