Blog masónico de Ricardo E. Polo

martes, 23 de febrero de 2010

Un viaje la Isla de los Estados - cómo pasan desapercibidos los no mediáticos -


Por el V:. H:. Ricardo E. Polo

Hace aproximadamente 23 millones de años, la Isla de los Estados surgió al dislocarse la Cordillera de los Andes, en el Istmo que unía América con la Antártida. Yamanas, Onas y Alacalufes, primitivos indígenas de Tierra del Fuego, la habitaron en forma permanente, según lo indican los trabajos de la antropóloga Anne Chapman.

El 26 de enero de 1526 Francisco de Hoces vio a los 55” Sur, lo que creyó era el confín de la Tierra. Ese tal vez haya sido el predescubirmiento del Cabo de Hornos y el “final de la Tierra...”, la visión de una isla, tierra a la que creyeron unida al Continente.

El 1° de enero de 1615, la expedición holandesa de Schouten en la que tuvo destacada participación Isaac Le Maire, avistó una isla a la que denominó State Island (Tierra de los Estados), memorando a los Estados Generales de Holanda.

De esta expedición quedó el toponimio “estrecho de Le Maire”, por ellos descubierto y que es el que separa la Isla de los Estados de Tierra del Fuego, territorio al Oeste que la expedición denominó “Mauritius Land” (Tierra de Mauricio).

No me es extraña la isla. Al margen de toda su historia y leyenda, imposibles de condensar en esta nota, debo decir lo siguiente:

En el año 1978, seis antes de cumplirse el Centenario de la habilitación en aquella de una Subprefectura, realicé un viaje de investigación periodística acompañado por el camarógrafo Félix Arrieta, del Canal 7 de TV. El viaje lo hicimos entre los meses de marzo y abril.

Deseo, luego de casi 19 años, hacer algunas reflexiones sobre aspectos de la Isla y su importancia.

En 1829 don Luis Vernet, Comandante político y militar de las islas Malvinas “y las adyacencias al Cabo de Hornos en el Mar Atlántico...”, ejerciendo de por sí la soberanía Argentina sobre Malvinas y también sobre la Isla de los Estados, realizó numerosas expediciones y envió naves a las Georgias del Sur.

En la Isla de los Estados explotó varias Loberías; cortó maderas de sus árboles, inexistentes en Malvinas y vigiló la depredación que ejercían ingleses y americanos. En 1831, detuvo a tres navíos de ese origen por sus reiteradas violaciones a la caza de anfibios en la isla, siendo el hecho la causa del ataque a Puerto Luis por la Corbeta “Lexington” de los EEUU, que arruinó la floreciente colonia en Malvinas. Y a causa de ese acto, la interrupción posterior de nuestra Soberanía en el archipiélago, esta vez por un acto de usurpación territorial por parte de Inglaterra.

Desde 1847, la Isla de los Estados contó con un defensor por antonomasia: don Luis Piedra Buena, que prácticamente solo, defendió los derechos argentinos sobre la Isla y los territorios australes, hasta su muerte en 1883. Tanto fue, que el gobierno le adjudicó la Isla de los Estados en propiedad.

Piedra Buena estableció un refugio en Puerto Cook, salvó náufragos y enarboló el pabellón nacional.

En marzo de 1873 protagonizó la legendaria aventura de construir a punta de hacha un cúter, el “Luisito”, con los restos de su buque “Espora”, luego de naufragar en la costa de la Isla. Tras 27 días de penurias, logró regresar a Punta Arenas, no sin antes rescatar del otro lado del Estrecho de Le Maire, a los náufragos del buque alemán “Eagle”. Guillermo, Emperador de Alemania y Rey de Prusia, le envío un regalo y una nota de gratitud... Por muchos otros rescates otras naciones le reconocieron su altruismo, coraje y humanidad.

Hay quienes hoy quieren cambiar el nombre de la isla por el de Piedra Buena. Creemos que es una pretensión apresurada. El merece un gran monumento. Pero en Puerto Cook, por ejemplo, para exaltar su extraordinaria memoria. Pero no creo que sea un homenaje pretender cambiar el toponimio de la Isla que se registra en todos los mapas del mundo.

Algunos datos de interés

El intenso tráfico mercantil, ballenero y lobero por el Cabo de Hornos, pues aún no existía el Canal de Panamá, producía gran cantidad de naufragios en las muy peligrosas aguas al oriente de la Isla de los Estados.

Luego de la firma del pacto con Chile en 1881, el general Roca, para afirmar los derechos soberanos del país y tomar posesión de aquellos territorios, decidió enviar lo que denominó “División Expedicionaria al Atlántico Sur”, al mando del comodoro Augusto Lasserre, quien habilitó Delegaciones Marítimas; construyó el Faro y la Subprefectura de Isla de Los Estados. Mas tarde tomó posesión de la Bahía de Ushuaia y construyó la Subprefectura que lleva su nombre, ya en Tierra del Fuego, junto al Canal de Beagle.

Un faro
Una Subprefectura

No cabe duda que tanto el Faro ubicado sobre un morro de la Bahía de San Juan de Salvamento, como la Subprefectura que funcionó allí hasta 1906, lograron sobrevivir a los olvidos de costumbre, rescatada su memoria por quienes periódicamente redescubren valores históricos.

Como la Asociación amigos de la Isla de los Estados (CHUANIEIN) que intentan recomponer la fragilidad de la memoria y procuran ilustrar a la ciudadanía sobre la Isla y su importancia.

La División Expedicionaria al Atlántico Sur llegó a la Bahía de San Juan de Salvamento el 18 de abril de 1884.

El día 20 ya con la flota completa al arribar los cúteres “Patagones” y “Bahía Blanca” y la barca “María T”, con intensa fruición comenzó la construcción de la Subprefectura; una estación para náufragos y el alojamiento para 10 presidiarios, que constituyeron la vanguardia de lo que posteriormente fue el Penal Militar de Puerto Cook; el muelle y la escalera de acceso; viviendas y depósitos formaban un gran cuadro, todo inaugurado con gran celeridad el 25 de mayo de 1884, apenas un mes después del arribo.

El Faro

Detengámonos en el faro. Ese legendario artefacto es el que inspiró a Julio Verne inmortalizarlo como “el del fin del mundo” y significó para los osados navegantes de aquellos tiempos, uno de los símbolos más claros de la esperanza y la supervivencia.

La visión del Faro, erguido sobre el morro de la Bahía de San Juan de Salvamento, debió ser la última luz de civilización y humanidad que señalaba la ruta al Cabo de Hornos y el mensaje de protección que la Subprefectura les ofrecía ante la posibilidad de lo adverso y el naufragio.

Ubicado a 60 metros sobre el nivel del mar, tenía 9 lámparas de aceite enfocadas sobre un único reflector que abarcando un sector de 93 grados, era visible a 14 millas.

Los penados

Al levantarse en 1896 el presidio militar de Santa Cruz, se decide construir un penal en la Bahía de Puerto Cook, en la Isla y son trasladados a él parte de los penados militares y los que ya se hallaban en la Subprefectura, en San Juan de Salvamento.

Las condiciones meteorológicas de la Isla, con excesivos fríos, viento y humedad y que es de imaginar inhóspita, perdida en los últimos confines de la geografía austral, decide a las autoridades en un gesto humanitario, construir el penal en Ushuaia, al que en 1902 son trasladados los presos de Puerto Cook.

Previo al traslado definitivo, ocurre un episodio cruento en la historia de la isla, protagonizado por los penados el 6 de diciembre de 1902. Se trata de la sublevación originada a consecuencia de la debilidad de la guardia del Penal, resentida por el traslado de 34 presos a Ushuaia y encabezada por un ex marinero llamado Luis Maldonado.

El teniente Alberto Altamirano; el sargento Pablo Fabre; 2 cabos y 8 soldados fueron sorprendidos, algunos asesinados y de los 83 presos que aún se hallaban en el Penal, huyeron en tres balleneras 51 de ellos. En una ballenera 19 cruzaron insólitamente el Estrecho de Le Maire y arribaron a Tierra del Fuego, protagonizando una triste hazaña que culminó con la captura de los evadidos, tras una penosa búsqueda tanto allí, en territorio fueguino, como en las estribaciones de la Isla.

A fines de marzo de 1978 estuvimos en Puerto Cook con Felix Arrieta y en el cementerio que guarda los restos de las víctimas del motín. Es un espacio de 25 metros cuadrados, con tumbas demarcadas con cruces de hierro forjado, rodeado por antiguas y corroídas rejas, reposan de sus adversidades penados y guardianes...

Curiosamente, sobre la turba debajo de la cual yacen los cadáveres, crece una gramilla que da un aspecto de campiña patagónica al suelo. Alrededor, los pastos salvajes se mecen colando los extraños sonidos del viento. Sin embargo, un estremecedor silencio de ausencia humana, conmueve la soledad fantasmal de la Isla.

La Subprefectura

Al momento de habilitarse la Subprefectura en la Bahía de San Juan de Salvamento, ya habían naufragado en el sector oriental alrededor de 200 buques.
Las condiciones hidrometeorológicas que reinan en esas latitudes son permanentemente difíciles. Todos los buques que deberían acceder a la vía del Pacífico, tenían tres opciones: el Estrecho de Magallanes, el Cabo de Hornos por el Estrecho de Le Maire o por la ruta que señalaba el Faro, al oriente de la Isla.

Debemos imaginar que azaroso debió ser para los marinos de esa época, lo que hoy también se torna difícil para los navegantes contemporáneos. Solo el actual reducido número de buques que condiciona el tráfico marítimo por esa zona, muestra menos estadístico el que los naufragios se consignen.

El genio de Fonrouge de Lesseps hizo que el Canal de Panamá desarbolara la importancia de la isla y el episodio ocurrido en el penal de Puerto Cook posibilitara desactivar la Subprefectura definitivamente.

Primero fue su traslado a Puerto Cook en 1902 y hasta 1906, instalándose un Faro en la Isla de Año Nuevo y una estación científica en la Isla Observatorio, ambas formando parte de un pequeño archipiélago al norte de la Isla de los Estados.

Al desmantelarse la Dependencia, quedaron impávidos los maderos del viejo muelle en la Bahía de San Juan de Salvamento, que pude tocar y sentir; algunas piedras de la base que sustentó el maderamen y chaperío de la Subprefectura. Y desolado, enhiesto, viejo y ruin como el clavo de Almafuerte en sus Siete Sonetos Medicinales, el Faro, que hasta hace muy poco tiempo se quejaba sobre el morro de San Juan... y que descansará en un museo de Ushuaia...

En ese morro pude oír, la tarde del 2 de abril de 1978, el ulular del viento que como un lamento sostenido, me hizo escuchar las voces de aquellos argentinos del temple de Piedra Buena, que desde el 25 de mayo de 1884 dieron seguridad y esperanza a la ansiedad y pavor de los navegantes, en aquellos inhóspitos parajes.

Así me ocurrió entre marzo y abril de 1978, cuando realice mi viaje a la Isla, apoyado por la entonces conducción de la Prefectura, en especial por el entusiasmo del prefecto Oscar Hugo Rodríguez y en mi condición de Secretario de Redacción de la Revista Guardacostas, que aquél dirigía y para el programa “Adelante Juventud” que por Canal 7 TV conducía el recordado Angel Magaña.

Seis años más tarde se iban a cumplir los 100 años de la habilitación de la Subprefectura en la Isla.

A pesar de los adelantos e innovaciones a que se ha sometido la navegación, a causa del Canal de Panamá, la isla sigue siendo de un valor estratégico y geopolítico significativos.

En el Atlántico Sur la isla, por múltiples razones que hoy se suman a la globalización y al “nuevo orden” mundial, tiene proyecciones diría hasta trascendentales, con la mirada puesta en el sector Antártico y sin excluir el paso hacia el Pacífico sea por el Cabo de Hornos, por el Canal Beagle o por el Estrecho de Magallanes. Mas aún, si algo pudiera ocurrir con el Canal de Panamá.

Además, teniendo en cuenta el incremento de la pesca en sus adyacencias; la explotación de hidrocarburos en alta mar; el paso de buques propaneros y hasta el hallarse en el curso de aquellos buques que transportan substancias atómicas del o hacia el Pacífico.

Tal vez sea su misterio climático, vegetal; sus “cachiyuyos” inexplotados; su historia, no muy extensamente rescatada, abre posibilidades curiosas e interesantes; el misterio de saber de los asentamientos indígenas; su atracción para una generación ansiosa de Robinsones y descubrimientos. Avida de regiones remotas y territorios vírgenes, lo cierto es que la Isla de los Estados despierta vocaciones e interrogantes y ha movilizado a numerosos jóvenes, entre ellos marplatenses, a emprender la aventura de vivirla...

Bienvenido sea. Porque tal inquietud evidencia que aún existen valores rescatables y que nuestra juventud nada tiene que ver con estereotipos de difusión televisiva. A pesar de su manipulación, que le imponen algunos delirantes.

Pero también es posible que muchos no tengan ni idea sobre la Isla de los Estados.

Es tan insignificante su graficación en los mapas geográficos. Una rayita en la “bota” de Tierra del Fuego, que apenas se advierte su existencia.

Asombra sin embargo, el temple de quienes habitaron esas remotas latitudes de nuestra patria a fines del siglo pasado. Hombres que cumplieron su deber en la Bahía de San Juan de Salvamento; sobreviviendo a las dificultades de un clima hostil; rescatando náufragos y compartiendo sus raciones y sus penurias con quienes esperaban contra toda esperanza; incomunicados con el continente hasta el “próximo relevo”, que a veces no arribaba en fecha; racionando alimentos y mantas; soportando inclemencias solo allí conocidas; sostenidos por la fe, la vocación de servicio e integrados a historias, aventuras y leyendas de sus ocasionales visitantes: los náufragos que lograban sobrevivir...

Presumo muchas las páginas posibles de escribir, hurgando en los testimonios que han sobrevivido más allá de los escuetos partes oficiales.

Habría que intentarlo. Podría indagarse sobre el Penal Militar de Puerto Cook. Algunos lo harán sobre don Luis Piedra Buena. No todo está escrito. Ni investigado. También indagar, ya más adentrado el siglo, sobre algunos “colonizadores” que los hubo y habitaron la isla.

Y especialmente su medio ambiente, su vegetación, sus montes, sus lagos, sus acantilados.

Lo cierto es que hay abierto un debate inmensamente rico. Incentivarlo ha sido nuestro propósito.

He tenido el privilegio de habitar por unos días la Isla de los Estados. Con el camarógrafo Felix Arrieta permanecimos solos; con una carpa antártica; un tubo de acetileno y raciones “K” (chocolate, milanesas y huevos duros); faenando algunas cabras salvajes; sin medios de comunicación; Arrieta con una herida de cornada, causada por un ciervo alzado y bastante agresivo; buscando agua potable en la altura de los cerros, pues la de los “chorrillos” es intomable; a la espera del aviso “Diaguita” que al mando del capitán Fernández Marasco, debía recogernos en la Bahía Crosley y trasladarnos a la Bahía de San Juan de Salvamento.

Todo un esfuerzo premiado por la bella naturaleza de los paisajes y vivir parte de la historia...

Nuestro regreso a Ushuaia fue azaroso.

Debimos enfrentar un severo temporal que duró cerca de 7 días. Navegamos capeándolo con un recorrido de 460 millas, casi llegando a las Malvinas. El “Diaguita” quedó destrozado, (hoy, reconvertido en remolcador se llama SATECNA VII); Felix Arrieta y yo fuimos premiados con sendos diplomas del aviso de la Armada y como testimonio de afecto, recibí la deshilachada bandera que flameara durante un año en el mástil de Puerto Cook, firmada por la totalidad de la tripulación del remolcador de mar.

Felix Arrieta sobrevivió a la “cornada artera” del ciervo y pudo, años después, ser el camarógrafo de la balsa ATLANTIS y hasta integrar la expedición argentina el Everest y aún sigue con sus aventuras...

No tuvo, lo nuestro, mayor trascendencia... Pero así son las cosas en nuestra sufrida patria.



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