Blog masónico de Ricardo E. Polo

martes, 16 de febrero de 2010

Sobre la enseñanza pública - Evolución - Revolución -Involución

por Ricardo E. Polo ¿Cómo hacer para lograr una síntesis sobre un enfoque de tamaño tema? Se me ha pedido eso. Y este es el intento. En 1883 Domingo Faustino Valentín Sarmiento era electo Gran Maestre de la Masonería Argentina. Y uno de sus objetivos fundamentales fue movilizar voluntades a favor de la educación gratuita, obligatoria, popular y laica. En medio de un torbellino periodístico que en aquellos tiempos (1882-1883) se había desatado sobre la implantación de la enseñanza religiosa o laica (resabio de tiempos coloniales y constante en los enfrentamientos por la Organización Nacional), Sarmiento hablaba a los masones argentinos diciéndoles “que eran los samaritanos del Evangelio” y que la Orden les enseñaba “a ejercer la caridad prescripta por El Divino Maestro”. (1) Y así, definía el espíritu del cristianismo: “ama a tu prójimo como a ti mismo”, reafirmando no solo sus convicciones éticas y morales, sino la de sus Hermanos masones. Porque el laicismo de Sarmiento no era antirreligioso, sino anticlerical. Y porque Sarmiento, pese a sus detractores, había escrito, durante su exilio en chile, La Vida de Jesucristo, La conciencia de un niño y Catecismo de la doctrina Cristiana, específicamente destinados a los niños que carecían de enseñanza religiosa en las inhóspitas regiones trasandinas. Luego de la caída de Rosas y siendo jefe del Departamento General de Escuelas de la provincia de Buenos Aires –1856/60- fueron reeditados para los alumnos católicos de las escuelas oficiales. En carta fechada el 3 de octubre de 1883 al gran sanjuanino, Wilde dijo de esas obras editadas en Chile y en Argentina que “han hecho y hacen más por la religión cristiana en general y la católica en particular, que las vanas y no siempre sinceras declaraciones de la tribuna o de la sacristía.” Casi un siglo después Atilio Dell Oro Maini, Ministro de Educación de Arturo Frondizi, se acoderaba a las mismas antinomias laicistas o religiosos, disfrazando al tema de enseñanza libre o enseñanza laica. De allí en más, incluyendo infinitos cambios de contenido curricular, burdas imitaciones a experiencias extranjeras, minimización de contenidos básicos comunes, nos enfrentamos a la actual realidad educativa. A modo de ejemplo, digamos que en 1913 en el primer grado superior de la escuela primaria, se enseñaba Cosmografía. En la actualidad, esa trascendente materia destinada a crear la conciencia metafísica universal del niño, se enseñará en el tercer ciclo del Polimodal. Para entenderlo, en el actual 5to año del Secundario y como bolilla en la materia Geografía... Pero continuemos con las palabras de Sarmiento a los hermanos masones de los que era su Gran Maestre. Luego de pronunciar aquellas palabras a quienes calificó como “samaritanos del Evangelio”, sumó una exhortación: “...consagrad de hoy en más vuestros conatos a la moderna caridad, fecunda caridad, caridad viva que cual semilla arrojada en la tierra fértil da ciento por uno. ¡Educación! ¡Educación! En lugar de querer enderezar el árbol podrido y endurecido, tomemos la planta tierna y encaminémosla al bien. Eduquemos al niño del pobre, del campesino ignorante y habremos inculcándole buenos principios, sanado millones de enfermos antes que la enfermedad se pronuncie; demos al niño la conciencia de sus deberes en la vida y habremos socorrido a millares de pobres, que no lo serán desde que tengan la previsión del porvenir, que da un espíritu cultivado. Elevemos por la Educación los sentimientos morales deprimidos por la ignorancia y los ímpetus de la carne y habremos salvado de la prisión a millares de reos, y a más, economizado las víctimas que con sus desórdenes habrían hecho estos predestinados al crimen y al suplicio” ( id. Ob. Cit.) Solicitando el aporte económico de los masones para acudir en ayuda de las escuelas mediante libros, útiles y cubrir otras necesidades, el Gran Maestre dijo finalmente: “Hacer que no haya un ignorante en una nación, es el objeto y fin que han alcanzado muchas en la Tierra. Obtenerlo en nuestro país será el blanco de los trabajos de todos los hermanos en todo este Gran Oriente y en sus diversos valles”. Luego del Congreso Pedagógico de 1882, cuya finalidad fundamental fue preparar las bases para la futura legislación sobre la enseñanza primaria, tras arduos y enconados debates parlamentarios y polarización de la opinión pública, el 26 de junio de 1884 se sanciona la ley 1420, promulgada el 8 de julio del mismo año. (2) Se concretaba así una aspiración fundamental de los filosóficamente liberales argentinos: lograr la escuela primaria que tenía como objeto favorecer y dirigir simultáneamente el desarrollo moral, intelectual y físico de todo niño de seis a 14 años; la instrucción obligatoria, gratuita y gradual, específicamente laica y para cumplirse en las escuelas públicas, particulares o en el “hogar de los niños”... así lo establecía la ley (Cap. I art. 4to.) más democrática y “libre”, imposible... Veintiséis años después, la República Argentina cumplía su primer Centenario. ¿Qué había ocurrido en ese período? ¿Cómo se aplicó el rigor filosófico, pedagógico, social y político de la Ley 1420? ¿Cuáles fueron sus resultados? Dejemos que el académico, catedrático y escritor argentino Miguel Angel De Marco, lo mencione en su libro La Patria, Los Hombres y el Coraje (Historias de la Argentina heroica) -Planeta-1998- “Aplausos a la educación argentina en 1910. Hace unos años, mientras esperaba en la sala de académicos de la Real Academia de la Historia que uno de los diligentes funcionarios de la biblioteca me trajera un legajo de documentos para su consulta, me entretenía en contemplar los bien encuadernados libros que adornaban los anaqueles de ese ambiente. De pronto, un título despertó mi atención: Viaje de su alteza real la infanta doña Isabel a Buenos Aires, mayo de 1910, por el marqués de Valdeiglesias. Dejé de lado, aquella tarde y las siguientes, los papeles pedidos para enfrascarme en la lectura de las 671 páginas en que uno de los más notables periodistas de su época relató la visita que la tía de Alfonso XIII realizó a nuestra tierra, acompañada de una fastuosa comitiva, para adherir a los festejos del primer centenario de la Revolución de 1810. No es el caso que me ocupe ahora de aquellas magnas celebraciones ni del entusiasmo que ocasionó la presencia de la chata –así la llamaba el pueblo madrileño por su simpatía- sino de señalar la admiración que despertó en el destacado escritor y hombre de prensa su visita a algunas escuelas de la ciudad de Buenos Aires. Sensación que, seguramente, le hubiesen suscitado no pocos establecimientos de otras ciudades argentinas. Acompañado por el rosarino Estanislao S. Zeballos, cuya cultura e inteligencia le causaron profunda admiración, salieron a la calle para visitar algunos establecimientos. Entraron a la Escuela Sarmiento, “un verdadero palacio griego”, pero no pudieron asistir a ninguna clase porque se estaba realizando una exposición sobre la enseñanza en el territorio de Misiones, donde los alumnos de la Escuela de Artes y Oficios que habían realizado los trabajos, recibían “instrucción análoga a la de los niños alemanes” (sic.) Se dirigieron a “otro palacio, también escolar”. “En el momento de llegar nosotros, una maestra bien trajeada, linda y simpática daba clase a sus alumnos sobre la importancia de las fiestas del centenario”. Lo sorprendió a Valdeiglesias la capacidad expresiva de aquellos chicos: “Nos explicamos por qué brotan en este país tantos oradores”. Concluida la lección, los niños, formados de dos en dos y “cantando un himno escolar” se detuvieron ante la cantina del establecimiento, “donde varios individuos de una sociedad titulada La Copa de Leche los obsequia, diaria y gratuitamente, con un vaso de tan nutritivo líquido”. El periodista, que venía de una España pobre y sacudida por sucesivas desgracias, reflexionaba que en su país –“dado por desgracia al chiste y la chirigota, y donde tantas cosas útiles y respetables causan risa”- quizá parecería ridículo salir a los niños de una escuela “marcando el paso, capitaneados por una profesora de veinte abriles, tocada por un sombrero cloche” En cambio, subrayaba, en la Argentina, cuanto tendía a despertar en los chicos amor a la bandera, “es mirado con respetuosa consideración”. “Esto, que es lo corriente en Alemania y en los Estados Unidos y que la República Argentina imita en sentido altamente patriótico, puesto que el amor a la patria arranca en la escuela –reflexionaba- ha empezado a ponerse tímidamente en práctica en algunas escuelas de España”. Y Agregaba: “Hablamos con algunos niños de las escuelas por nosotros visitadas. Vestían todos ellos con gran aseo, tenían color de salud y parecían educados con esmero. La impresión que nos produjeron no pudo ser mejor. La mitad, por lo menos, eran hijos de españoles; había también niños alemanes, italianos y algunos rusos; pero la verdad es que de la escuela todos salen argentinos”. Valdeiglesias recorrió con Zeballos otros colegios. Además despertaron su admiración los gimnasios de distintas sociedades donde los alumnos practicaban gratuitamente diversos deportes. Concluyen las páginas dedicadas a la instrucción pública en el país que festejaba jubiloso su primer centenario, con estas reflexiones: “La tercera etapa de la educación juvenil –el servicio obligatorio (sic)- pudimos apreciarla al contemplar las tropas el día de la revista militar y cuando marchó el presidente de Chile. Fácilmente se comprendía que aquellos jóvenes altos, fuertes, limpios, que componen los regimientos argentinos, no habían adquirido su apostura y marcial gentileza en los cuarteles: tenían más sólido fundamento: arrancaba su origen en la escuela (...) Cierto que en la Argentina sobra el dinero (...) y el vil metal –como lo llaman los que no lo tienen- simplifica mucho ésta y otras cuestiones”. Aludía a la pujanza económica de esta tierra, por entonces próspera y hasta opulenta, ubicada entre las primeras del orbe, ejemplo de la vieja Europa y meta de los que anhelaban un porvenir mejor donde la primera privilegiada era la educación, a través de las escuelas diseminadas por todo el territorio; de institutos de formación docente sustentados por el sentido de la responsabilidad y la libertad; de universidades en las que se formaban investigadores y profesionales tan bien capacitados como imbuidos de sensibilidad social.” (sic. Ob. cit.) La sola y meditada lectura de la nota del catedrático De Marco, me exime de cualquier reseña histórica o exaltación de un tiempo que al lenguaje globalizado de estos días, ya fue. Que un periodista hispano en la década de los años `10 de nuestro saltimbanqui y finiquitado siglo haya escrito lo que escribió, resulta una soberbia cachetada a los que heredaron el esfuerzo de la generación de 1880 y solo dilapidaron la inmensa fortuna legada. Cuando observo la realidad, que no es virtual, en materia de educación y escuela pública y en el resultado de ambas, fríamente arraigado en la actual y anterior generación, parafraseando a Borges puedo decir que a todo ello me une el espanto. ¿Qué ha pasado con la capacidad de expresión que produjo remotos oradores? ¿Qué con los himnos estudiantiles y hasta las canciones y símbolos patrios? ¿Y la disciplina, el orden, el respeto al maestro, la contracción al estudio? ¿Y el amor a la patria que arrancaba en la escuela? ¡Qué curioso tiempo este, en el que el ciudadano, convencido por la mediática de que todo se ha globalizado, descree de sus símbolos, acepta que Nación y Estado dejaron de existir y mientras los Estados líderes veneran sus banderas, los sureños globalizados las dejamos flamear deshilachadas en algunos mástiles municipales! Quedó atrás el límpido y aseado guardapolvo blanco que nos hacía iguales en oportunidad a todos los argentinos y a los de buena voluntad que venían a radicarse. No existen mas las Artes y Oficios, con instrucción análoga a los niños alemanes. Poco queda de aquellas escuelas diseminadas por toda la República y es un serio interrogante preguntarse sobre la calidad de los institutos de formación pedagógica y docente “sustentados por el sentido de la responsabilidad y la libertad.” La irracionalidad y la falta de proyecto nacional produjo como la erupción de un volcán, profesionales universitarios improductivos e incapacitados, al nivel de cultura general, y desprovistos de toda sensibilidad social. Eufemìsticamente, el arco iris de colegiados del stablishment, que le dicen. Y cuya voracidad de incumbencias asolan las necesidades del ciudadano. Y no haré referencia concreta al festejo de anular aquel servicio obligatorio (sic.Ob. cit.), por temor a que la voz cantante por estos días, me cuelgue sambenitos descalificantes. Y sin entrar en detalles sobre los elitismos irresponsables, que ocasionaron la repulsa pública al vasallaje a que se sometía a los obligados. O en su expresión verbal: del presente del indicativo. Nos atosiga la multitud de matriculados aliados, pocos involuntarios, a todo un sistema improductivo, incapaz de inversiones de riesgo o de reinversiones cuando producen. Lanzados, tiendo un manto de piedad y no digo ciegamente, a medrar en el vertiginoso quasar de las finanzas, agujero negro dentro del cual fenecen los proyectos de algún futuro, si lo hay. Y qué decir de la definición del progreso. La escuela pública, aquella de la Ley 1420, ha muerto. Y a pesar de los sirenaicos cantos que la pondera pero la soslayan so pretexto de los nuevos tiempos, tecnologías, globalizaciones, tendencias, new agge, federalizaciones, polimodales y contenidos básicos comunes, lo cierto es que en materia de educación se ha producido un fenómeno inquietante. Cuando la ecuación debió ser: transformación evolución, revolución, fue en cambio: revolución, evolución, involución. Todavía, en los áulicos recintos de la partidocracia autóctona, las expresiones idiomáticas se tiñen del ideologismo posbélico. Revolución, es una palabra que preñada de satanismo y violencia porque aunque parezca asombroso, en la actualidad globalizada y condicionante, izquierda y derecha la definen con sus prejuicios, en el pensamiento de los que influyen y orientan. ¡Pobre Sarmiento que la promovía con denuedo! Mientras tanto, los Valdeiglesias avenidos contemporáneos, post modernistas, parecen no advertir la dicotomía entre la realidad educativa de principios del Siglo XX, con la triste realidad con la que ingresaremos al Siglo XXI. Acontecimiento mensurable en horas apenas. Y un siglo a pérdida. Como la suma de los años y madurar pareciera, permitirnos alcanzar la instancia de la serenidad y poder mirar en panorámica, la circunstancia nos hace memoriosos e incluso moderadamente sensatos.. Y así podemos, con serena frialdad y apretada síntesis, afirmar que muchas de las cosas que la Asamblea General Constituyente del año XIII abolió, todavía son. Incluida la subsistencia de señorazgos, paternalismos y toda la parafernalia absolutista de títulos y honores de gravosa herencia hispánica. La reticencia del poder a responder con grandeza a las necesidades imperiosas de la educación pública y elaborar un proyecto de país como una Cuestión de Estado, implica la consolidación de la decadencia para guillotinar el futuro. Y definir como entelequia la palabra progreso. Aunque el mensaje de Faustino Valentín Sarmiento, (3) verdadero nombre del prócer argentino y Gran Maestre de la Masonería Argentina, retumbe en los oídos argentinos como un badajón en la campana. Que nos obliga a recordar dolidos, su vibrante: “Hacer que no haya un ignorante en una nación, es el objeto y fin que han alcanzado muchas en la tierra. Obtenerlo en nuestro país será el blanco de los trabajos de todos los hermanos de todo este Gran Oriente y en sus diversos valles”.
diciembre de 1998.- (1) Sarmiento, sus ideas sobre religión, educación y laicismo, de José S. Campobassi. (2) Legislación Escolar Argentina 1810-1936 Toimo I Enseñanza Primaria Ley 1420 de Atilio E. Torrassa. (3) Rasgos de la vida de Domingo Sarmiento, Bienvenida Sarmiento, Museo Histórico Sarmiento, Bs.As. 1946

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